sábado, 22 de marzo de 2025

Filosofía mate-rial

Al Chupar la bombilla el desagrado me inundó.
    Fue menos de un instante, pero fue suficiente. Es tan fácil que todo se arruine, que una cosa mínima nos haga perder la alegría, que algo que en cualquier otro momento no sería nada ahora signifique tanto, llegando a provocar que todo se desmorone, que todo se caiga, que todo parezca perderse para siempre. Somos seres tan frágiles, tan expuestos a las adversidades, tan necesitados de tantos y constantes cuidados, que es muy fácil venirse abajo. ¿Qué pretendía la evolución al construirnos de este modo? ¿Qué buscaba de nosotros al hacernos tan débiles, tan ignorantes de lo mínimo necesario para sobrevivir? Dudo que ella misma, la evolución, haya tenido algún plan en general o en particular para nosotros, o supiera lo que hacía. Porque cuál puede ser el motivo para ponernos en este mundo de esta forma, tan expuestos a morir al menor cambio. Somos el eslabón más débil de una cadena que no es tal, una figura tan innecesaria para el conjunto que, si nos suprimieran de la existencia, nadie se daría cuenta de que ya no estamos.
    Los problemas comienzan al nacer, porque nacemos débiles, carentes de todo y necesitados de todos. De allí en más todo solo puede ir cuesta abajo, aunque pretendamos caminar cuesta arriba y fingir que todo está bien. Pero nada está bien, nunca. Fingimos que jamás nos percatamos de las dificultades que atravesamos cotidianamente, cuando no hacemos más que sufrir por y para ellas. Fingir ha de ser la mejor habilidad que nos otorgó la evolución, si es que hizo algo por nosotros y, de ser así, es una afirmación que ningún estudio científico validará jamás, pero como ya casi nadie cree en la ciencia, buscar su validación carece de sentido. La cuestión es que fingir todo el tiempo resulta agotador, demanda demasiada concentración, atención y memoria. Salvo que seas uno de esos que a fuerza de fingir constantemente terminan por creer en lo que comenzaron fingiendo sin importar si se trataba de amor, pasión, interés, felicidad, sabiduría, resignación, adaptación a las circunstancias o cualquier otra opción, aunque sostenerlo en el tiempo nunca es fácil. Por eso se aplaude la sinceridad de los niños, quiénes aún no han vuelto unos expertos en fingir; la de los borrachos, que han relajado las barreras sociales lo suficiente como para permitirse dejar de fingir brevemente; la de los locos, palabra en desuso por estigmatizante aunque sean ellos los primeros en darse cuenta de tanta hipocresía; y la de los viejos, sobre todo hombres, que se han hartado de la vida miserable que nos obligan a llevar y van por la calle sin preocupase por nada. Los vemos, a todos ellos, nos reímos de y con ellos, los aplaudimos, para luego mirar hacia otro lado olvidándolos, retornando a nuestra fingida rutina porque ningún recreo puede ser eterno.
    Es por todo esto que solo se necesita un leve empujón, un pequeño toque, una minúscula cosa, para que todo se desmorone, para que todo se venga abajo, para cuestionarse el mismísimo sentido de la vida, del ser, de la existencia. Para preguntarse por qué estamos aquí y ahora y cuándo llegará el fin de este tormento al que llamamos vida porque no sabemos qué otro nombre darle.
    ―Esta frío, ¿no? ―me preguntó―. Me doy cuenta por tu cara de culo, sabelo.
    Le devolví el mate y se levantó de la silla llevándose a la cocina el termo y el mate que sí, para qué negarlo, para qué fingirlo, estaba frío.

sábado, 15 de marzo de 2025

En el lugar equivocado

Si tuviera que responder, y esto sólo en el caso en que alguien se acercara a preguntármelo, qué hacía allí, por qué había asistido a esa charla en particular o qué esperaba de ella, mi respuesta sería bastante esquiva. Nada más que mi interés por refugiarme de la inminente lluvia ante mi falta de previsión de llevar conmigo un paraguas me había llevado a ese salón de conferencias semivacío. Por eso esperaba pues que nadie me preguntara nada y, al mismo tiempo, continuar escuchando sin oír lo que allí se decía.
    Unas seis o siete filas de butacas formaban un pequeño semicírculo que miraba hacia una tarima a modo de escenario en la que dos personas, un hombre y una mujer, hablaban sobre algo referido a la literatura. Tal vez era la presentación del libro de uno de ellos y el otro hacía preguntas al respecto. Si era algo como eso, no ubicaba a ninguno de los dos por sus caras ni por sus nombres, aunque eso no significaba nada. Por suerte hablaban en español, si la charla hubiera sido en otro idioma con o sin traducción inmediata apenas habría podido resistir el cabeceo previo a quedarme dormido y comenzar a roncar.
    Diré que puse todo mi empeño en atender a lo que se decía, sin embargo había un detalle que resultaba una distracción permanente. Detrás de las dos personas que hablaban había una pantalla de gran tamaño que parecía enmarcarlas junto con la mesa que los separaba y los bancos en los que se sentaban. Probablemente los organizadores no habían pensado muy bien qué proyectar y por eso recurrieron a imágenes de diferentes paisajes en movimiento, todos deslumbrantes e inaccesibles por igual para la gente común ―para mí―; lo que fuera que se dijera frente a ellos perdería toda relevancia ―también para mí.
    Mi distracción no se debió a uno de los sucesivos paisajes, sino por otra cosa que surgió en la pantalla. Algo que en un principio creí que sería un pixel dañado, muerto, destruido, un punto negro perdido en uno de los extremos de la pantalla que comenzó a crecer poco a poco hasta ocuparla casi por completo. Claramente no era un pixel muerto, cosa que descubrí rápidamente, sino que era una especie de criatura negra como la más oscuras de las noches, mezcla de insecto con muchas patas, demasiadas, reptil de piel escamosa, fría y pegajosa, innumerables ojos de vidrio y, para terror de mis nervios, colmillos tan gruesos como mi cuerpo. Esa criatura miró de frente hacia el salón, no hacia la supuesta cámara que debería de estar filmando el paisaje que ocultaba con su abultado cuerpo, sino hacia las butacas, a nosotros, a quienes estábamos allí sin que nadie más pareciera darse cuenta de nada porque nadie había reaccionado, salvo que al igual que yo en ese instante, estuvieran paralizados de miedo.
    Esa cosa, esa criatura, tocó la pantalla con sus colmillos y varias de sus patas. La tela se abultó antes de rasgarse. El aroma de la naturaleza selvática invadió el salón. La pata de aquella cosa se agitó sobre la cabeza de los dos que hablaban y aun así nadie dijo nada.
    Me sentía pálido, aterrado, casi fuera de mí ante lo que veía, aunque lo que más me extrañaba era la pasividad del resto de las personas de la sala. ¿Qué pasaba? ¿No veían a aquella cosa intentando penetrar en nuestro mundo? ¿Sería el único testigo de semejante atrocidad?
    La bestia comenzó a morder el agujero en la pantalla buscando agrandarlo para introducir su cuerpo. Había logrado hacer pasar tres de sus peludas patas con las que también hacía fuerza, hasta que lo consiguió. La pantalla cedió y logró meter su cabeza completa de nuestro lado de la realidad. Cada uno de sus extraños ojos me miró, a mí, directamente a mí, a nadie más que a mí, como si supiera que yo y solo yo era quien la veía. Aunque no tenía labios, ni boca ni cosa que se le pareciera, diría que sonrió.
    Primero una, luego dos, tres, y prontamente todas las personas en el salón, se giraron hacía mí. Incluso las dos que hasta ese momento habían estado hablando normalmente, me miraban. Si no lo había notado antes ahora no podía no dejar de hacerlo: todas ellas tenían los mismos ojos, la misma cantidad de ellos, que la criatura que seguía intentando atravesar la pantalla. Yo, y solamente yo era el extraño allí, el diferente, el que sobraba, el que se encontraba en el lugar equivocado.
    Lentamente me puse de pie pensando en qué me había llevado a decidir esa mañana dejar el paraguas en la casa.



sábado, 8 de marzo de 2025

Sol de hierro

Los indicadores funcionaban de manera correcta cuando comenzaron a sonar pitidos y alarmas no del todo inesperados.
    ―¿Qué es eso? ―preguntó el técnico de sistemas sentado a mi izquierda.
    ―Se está llegando al punto de fusión ―respondió otro de los técnicos.
    Lo bueno de contar con ayudantes es que después de un tiempo comienzan a responder entre ellos sus propias dudas sin que yo tenga que intervenir, pudiendo reclinarme y mirar las gráficas del experimento en las pantallas.
    ―Todavía no alcanzamos la máxima potencia.
    ―Aunque los materiales resistirán un poco más, el punto de entropía no se encuentra lejos.
    Miré las gráficas otra vez y luego a la pantalla, el sol de hierro, como lo llamábamos, comenzaba a resplandecer. Las grandes vigas doble te de dos metros de ancho, tres de grosor y seis de largo se unían a un centro de carbono ionizado formando una figura que muy vagamente recordaba a la imagen de un sol dibujada por un niño con sus rayos extendiéndose en todas las direcciones de la circunferencia. Si la prueba salía bien descubriríamos una nueva fuente de calor, de luz, de energía, para la humanidad. Si todo salía mal, bueno. No quería pensar demasiado en lo que ocurriría en ese caso.
    ―Diez porciento para máxima potencia ―dijo el tercero de los técnicos.
    ―Los extremos comienzan a fundirse, perderemos la unidad estructural. Los parámetros…
    ―Continúen ―interrumpí.
    Aún con todos los filtros activados, ya no podían mirarse las pantallas, de tan brillante que resultaba la imagen dañaba los ojos.
    ―Ocho porciento.
    ―Estructura estable.
    ―Siete porciento.
    Antes de que el técnico diera el aviso del seis porciento una alarma más intensa e insistente que las anteriores nos envolvió.
    ―Riesgo de fallo inminente ―dijo el técnico mecánico que hasta ese momento no había hablado.
    ―Continúen.
    ―Pero, Señor…
    ―Continúen ―repetí aunque no me gusta hacerlo, no me gusta repetirme.
    El final estaba cerca, yo lo sabía, ellos lo sabían. Fracasábamos o triunfábamos, no había más opciones. Vivir o morir, sin nada entre uno y otro extremo. Siempre lo había sabido, este era el momento de la verdad.
    ―Máxima potencia.
    ―Materiales en punto de ebullición.
    ―Temperatura crítica.
    ―Solo son quince segundos ―dije.
    ―Los materiales no resistirán.
    ―Tampoco nosotros.
    ―Será nuestra gloria ―dije.
    ―O nuestro fin ―dijo alguno de los técnicos, no me importó saber cuál de ellos.
    El resplandor ocultaba cualquier otra cosa que hubiera para ver; eso podía significar que el sol de hierro se había encendido en su totalidad o que había estallado destruyéndonos a todos con él. Llevaba tanto tiempo conteniendo la respiración que debía obligarme a exhalar y volver a respirar. Solo eso quedaba por hacer, respirar y esperar.

Esta obra de Carlos Páez Vilaró
se llama "Un sol para Atlántida"

sábado, 1 de marzo de 2025

El colectivo

Volví a mirar el reloj y calculé mentalmente, llevaba parado en esa esquina poco más de cuarenta minutos sin ver aparecer el colectivo. Sin ver casi ningún vehículo por la calle, si descontamos a los dos o tres ridículos en sus monopatines eléctricos en una calle empedrada. Cuarenta minutos son dos mil cuatrocientos segundos, una infinidad de nanosegundos y un caudal sin igual de pensamientos y frustraciones por no haberme decidido a comprar el auto cuando podía hacerlo. Lo peor de todo es que había salido con tiempo más que suficiente para llegar y disfrutar de unos minutos de tranquilidad y solaz antes de todo lo que sucedería luego, pero esa tranquilidad fue transformándose poco a poco en ansiedad, en angustia, cuando a los diez minutos seguía parado en la esquina, cuando a los veinte minutos continuaba en el mismo lugar, cuando a la media hora apenas mantenía una leve expectativa de ver aparecer al colectivo un poco más allá, en la otra cuadra, con su cartel luminoso irreconocible por la distancia y la miopía. A los cuarenta minutos de estoica permanencia en la esquina ya había abandonado en la puerta del infierno mucho más que la esperanza.
    El compromiso al que debía llegar estaba pactado de antemano desde hacía semanas, llevaba esperándolo con tanta ilusión como la que ahora me hacía el ver aparecer el colectivo; por eso me había preparado y salido con mi mejor ánimo, con lo más cercano a la alegría que podría llegar a obtener por mí mismo y esperado que todo saliera bien para llegar de buen humor. No contaba con que circunstancias externas a mi persona y mis posibilidades intervinieran y que debería esperar, como se espera que suceda uno de esos milagros en los que nunca creí, por casi cuarenta y cinco minutos el colectivo. Pero no fue hasta los cincuenta minutos de espera rodeado por el persistente silencio de la media tarde de otoño que la más completa desolación ocupó mi pensamiento.
    Si hubiera decidido ir caminando en vez de esperar el colectivo, para este momento ya habría llegado, incluso con unos pocos minutos de antelación, cansado, sudado, sediento y con ganas de volverme, pero estaría allí y no aquí, en esta esquina. Ahora era tarde, estaba condenado a seguir esperando por el resto de la eternidad, y si es que existe algo después de la muerte, sin dudas también en ese después tendría que esperar.
    ―Bobby, vení para acá ―dijo una voz de mujer. Bobby suena a nombre de perro pequeño, de esos que pueden llevarse debajo del brazo, dentro de una cartera, en un cajón de frutas, no el de un gran danés que si decidiera agachar un poco la cabeza podría mirarme a los ojos y yo contemplar el vacío detrás de ellos―. Perdón, disculpe.
    Miré a la mujer y asentí muy lentamente para no alterar a Bobby.
    El enorme mastín se inclinó a oler el tronco del árbol junto al que estaba parado, volvió a mirarme y se alejó. Cada paso suyo eran tres o cuatro pasos de la mujer que no lograba darle alcance.
    ―¿Espera el colectivo? ―Me preguntó antes de llegar al siguiente árbol―. Mire que cambió de recorrido, no pasa más por acá.
    ―¿Qué? ―fue lo único que mi sorpresa me permitió articular.
    ―Para el lado del centro pasa a dos cuadras de acá. ¿De verdad no sabía? Ya hace varios días de esto ―Me miró como quien mira a un enfermo terminal desahuciado por todos los médicos de la ciudad, del país, del mundo.
    ―No, la verdad no lo sabía.
    ―Bueno, son dos cuadras nada más ―señaló en la dirección en la que debía caminar.
    Se alejó para intentar alcanzar a Bobby. Miré el reloj, ya era tarde, demasiado tarde para intentar otra cosa que no fuera volver a mi casa sintiéndome como el estúpido que siempre fui y seré.

El colectivo que tal vez esperaba.

domingo, 5 de enero de 2025

Criterio de selección

Podés mirarme con esa expresión de desagrado todo el tiempo que quieras, no me importa. Estoy seguro de que a tu manera hiciste lo mismo o algo muy similar, y está bien, me parece perfecto. Este es el mío, es tan válido como el tuyo ―no quiero decir que más para que no te ofendas más de lo que ya estás. En serio, escúchame, siempre evaluamos a los demás, los gestos, si se maquilló o se afeitó antes de vernos, cómo gasta el dinero, si cambió de auto en el último año o si viaja en transporte público, si la ropa es de marca o no, si sus zapatos son nuevos. Los dientes son otro ejemplo, si los tiene todos o al menos se los limpia con cierta frecuencia, también su lenguaje y vocabulario, sus intereses más allá de lo inmediato. Evaluamos cada detalle, por minúsculo que sea, antes de tomar una decisión. Negalo todo lo que quieras, pero sé que lo hiciste antes, lo hiciste conmigo y lo seguirás haciendo con los que vengan después, y como te dije, está perfecto. Nadie le abre la puerta a cualquiera; el miedo a salir herido, a que vuelva a romperse eso que jamás sanará, a sentir que perdemos otra vez, es atroz.
    Por eso es que no tiene sentido que te enojes. El mío es un criterio tan válido como cualquier otro, como ya te dije. Claro que suelo ser un tanto flexible y hasta diría que permisivo en algunas oportunidades; cuando la sangre tira, como quien dice, cuando el premio bien puede ser mayor a la apuesta inicial, cuando la desesperación hace su entrada y bajo mis estándares lo suficiente como para obtener algún tipo de descargo momentáneo.
    Hay miles de cuestiones que me tienen sin cuidado, con las que no pierdo el tiempo; a pesar de esto, nunca renegaré de mi criterio. Acabás de enfrentarte a él y perder, como sucede en la mayoría de los casos. Yo estoy acostumbrado, noto que vos no, pero no es nada personal, al menos no directamente. Así son las cosas conmigo.
    Si no hubieras dicho nada, si hubieras mirado como quien mira sin ver, si hubieras tenido alguna expresión de sorpresa, alguna palabra perdida a media voz, que demostrara que lo que veías no resultaba extraño aunque quizá sin llamativo, hubiera sido diferente. Incluso hubiera tolerado la completa y total indiferencia. Estaba dispuesto a muchas cosas esta noche.
    Lo que me resulta inaudito, intolerable e inaceptable es que hayas pensado que aceptaría sin más que apenas entrar dijeras: “para qué querés todas esas cosas si no sirven para nada”.      ―Te pido un uber ―respondí descolocándote y ofuscándote al mismo tiempo porque yo no me reía. Para mí no tenía ni la menor gracia.
    Es verdad, ya lo pedí, está en camino. Esperalo afuera por favor. Quizá mientras tanto puedas darte cuenta que no es correcto, que no está bien, criticar sin más el esfuerzo de toda una vida que se expresa, como ves aquí, en esta casa, en mi biblioteca.

Esta foto es mía

Hoy (o ayer), 4 de enero, se cumplen 17 años del inicio de Proyecto Azúcar.
Gracias a todos por acompañarme en todos estos años y en los que vendrán.
Volvemos a leernos el primer fin de semana de marzo.