domingo, 13 de septiembre de 2026

Sensei

Se sentía como si escupiera las palabras luego de haberlas masticado un tiempo casi infinito; palabras cargadas de odio, desprecio, bronca, resentimiento y, por sobre todo lo demás, dolor. Su cuerpo era una masa de dolor que se expresaba a través de sentencias que a cualquier persona le tomaría la vida entera llegar a una posible interpretación. Por eso lograba que sus palabras nunca cayeran en el olvido.
    Cualquier otra persona, con una habilidad semejante, hubiera logrado ocupar lugares de importancia en la sociedad, sería un líder, un mesías, un tirano, un influencer, un filósofo, un poeta, un político, alguien que señalara el rumbo, que nos dijera qué hacer, qué pensar, cómo pensarlo; alguien que nos sacara del charco de la existencia. Él había elegido no ser ninguna de esas cosas, nada en esos roles lo satisfacía ni le interesaba. Cierto que nunca se lo pregunté, era suficiente con verlo, con escucharlo la primera vez, para entender que lo suyo no era solo una postura cómoda, un personaje, una construcción. Él era eso que decía, era cada palabra formada a los golpes, con la violencia de la vida y la experiencia.
    —Hay que ser rápido para perdonar, veloz para olvidar, pero lento y constante para odiar —me miró a los ojos cuando lo dijo, como si supiera que era mi primera vez allí y pretendiera convertirme en uno más de sus múltiples acólitos. Cosa que, por supuesto, logró.
    Demoré meses en volver, interponiendo ocupaciones y prioridades que no eran tales, por temor a lo próximo que le escucharía decir. Pero regresé, a lo largo de los años, a buscar esas palabras de saber que destilaba sin preocuparse por si daban frutos, sin importarle lo que sucediera luego, casi como si no pudiera o no quisiera evitarlo.
    —Solo dos tipos de errores puede cometer el hombre —mostró una mano que tenía el dedo índice y el medio levantados—. El primero de ellos es enamorarse —bajó el dedo del medio—. El segundo es creer haberse enamorado —y formó un puño cerrado, apretado con la mano completa.
    Un hierro candente cargado de sal atravesando mis entrañas hubiera sido menos efectivo. Sabiéndolo o no, eran esas las palabras que necesitaba escuchar.
    Fueron, también, las últimas que recibí, de él o de cualquiera.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Su risa

Se rio cuando se lo dije. Una risa que dolió más que una cachetada. Y ya tenía yo experiencias, con las risas y las cachetadas, en la casa, en la escuela, incluso en la calle. Diría que hubiera esperado la cachetada antes que a la risa, porque el impacto de la primera se olvida más rápido, no repercute como ese eco eterno en el que se transforma la segunda para acompañarnos a cada paso, en cada situación. La cachetada genera indignación a quien llegue a verla, porque siempre habrá testigos; la risa solo despierta más risas, de más personas, de gente que no sabe lo que significaba para mí ese acto, ese llegar a hablar, esa suerte de confesión. Está por demás claro entonces que, la risa, como respuesta, es el peor de los castigos.
    Y lo fue.
    Y lo es.
    Y lo sigue siendo.
    Esa risa, su risa, me acompaña desde ese mismo día, es parte de mí, de mi experiencia, resonando constantemente, en cada situación, ante cada dificultad, ante cada decisión, ante cada cuestión que tenga que resolver. Una risa semejante no debería existir en el mundo, un castigo tal por el simple hecho de hacer una pregunta debería estar prohibido por la moral, la naturaleza, por alguna de esas leyes inviolables como la que dice que a la vida le sigue la muerte, al día la noche, a la tormenta la calma, al alcohol la resaca, al amor el odio y al aprecio el desprecio. Por todo esto, por mucho más, por cosas que siquiera puedo imaginar, estoy roto de formas que nadie podría ni sabría sanar; y todo por una risa, fría, calculada, pensada para hacer el máximo daño posible. Una risa con la fuerza de destruirlo todo.
    Sí, así fue.
    Así se rio.
    Así sigue riéndose en el recuerdo.
    Claro que la había escuchado antes, que la había visto reír y sonreír porque era una de sus cualidades, de sus atractivos, es solo que no esperaba recibirla como respuesta al presentarle la esencia de mi ser y pretender que reconociera la valentía que se escondía detrás de mis palabras, porque sí, porque si bien es fácil pensarlo, decir:
    —¿Querés ser mi novia?
    Y que la chica más hermosa del grado, de la escuela, la amiga de todos, la que siempre sonríe y nunca rechaza nada de nadie, se te ría en la cara. Eso sí que no es nada fácil.

domingo, 30 de agosto de 2026

El placer de la convivencia

¿Lo ves? Ahí está otra vez. Bueno, sí, no lo ves, pero lo escuchás. Lo mismo todos que los días y… qué hora es… sí, más o menos la misma hora que ayer, y que antes de ayer, y que el otro día, y… ¿cuándo fue? ¿Qué fue antes de ayer? Lunes, eso. Lo mismo que el lunes y el viernes, y creo que el jueves también. Bueno, pero hace un montón de días que está haciendo lo mismo.
    No me podés decir que no lo escuchás. Ahí está. ¿Ves? Uno, dos, tres. Ahí parece que termina, pero no, ahora en un rato vuelve, y empieza otra vez con uno, dos, tres. Todo el tiempo. Es infumable. No puede ser que esté siempre así, y no me podés decir que no lo escuchás. Si es muy clarito. Dale. Vení.
    Vení acá te digo, y hacé silencio. ¿Ves? ¿Escuchás? Escuchá. Uno, dos, tres. Siempre igual. Y está así durante horas, y no, no sé qué es lo que está golpeando y la verdad que no se puede estar así todo el tiempo. Todo el tiempo uno, dos, tres, para y otra vez uno, dos, tres. Interminable.
    Ya van… ¿cómo te dije? Desde el jueves, el viernes, el sábado de la semana pasada. Y hoy es miércoles. No puede ser igual, siempre lo mismo. Me estoy volviendo loco acá dentro con este ruido, y él dice que él no es; porque sí, lo fui a buscar y cuando abrió la puerta y lo encaré para decirle “Dejá de hacer ruido, dejar golpear la pared, se escucha que estás golpeando”, me dice que él no está golpeando, pero dale, si las paredes parecen de cartón, se escucha todo. Pero no, que él que no está golpeando nada, que son invenciones mías. Pero no invento nada, vos lo estás escuchando. ¿Ves?
    Escucha, te digo. Hacé silencio. Otra vez, uno, dos, tres. Ahí está vez, no lo estoy inventando, es real, está pasando.
    ¿Vos también estás escuchando o no?
    ¿Cómo que no lo escuchás? Mirá, uno, dos, tres. Por qué me mirás así. Te estoy diciendo en serio. No, no estoy inventándolo.
    Escuchá.
    Mirá.
    Ahí viene otra vez.
    Uno.
    Dos…

sábado, 22 de agosto de 2026

Treinta años

Treinta años.
    La escucho hablar y no dejo de pensar en eso, treinta años. El 80% de mi vida, creo, no sé, nunca fui bueno en matemáticas. Solo sé que son treinta años y que ella no deja de hablar.
    —Se acordaba de vos, ¿sabés? Cada cumpleaños, cada día del niño, cada navidad. En cada fecha importante, se acordaba.
    Pero nunca llamó, nunca averiguó dónde estaba, mi número de teléfono móvil, mi dirección, mi correo electrónico, mi cbu, nada.
    —Era muy difícil, para él, todo esto.
    Porque yo la pasé de maravilla, para mí fue una fiesta, seguro que sí; fue lo mejor del mundo crecer sin él, sin saber quién era, cómo era, qué hacía, cómo lo hacía, y lo que se supone que tengo que hacer y no sé cómo se hace porque nadie me lo explicó, porque ese era su trabajo y él no estaba ahí para cumplirlo.
    Se quedó en silencio. Debe de haber terminado lo que tenía para decirme o me hizo una pregunta que no escuché, me da igual.
    Nos miramos hasta que ella baja los ojos.
    —Sé que pensás lo contrario, pero no es culpa mía. Y si te llamé es porque, al final, él lo hubiera querido así.
    ¿Y lo que yo quise durante todos estos años? ¿Quién se hace cargo de eso? Nadie.
    —No te pido nada, solo que lo aceptes.
    Es una caja de resmas, de las chicas, de las que solo traen cinco. No parece pesada, porque ella la había podido levantar sin problemas y no, no lo es. Está cerrada, no puedo ver el contenido, al menos no allí. En cambio, la miro a ella.
    Se va sin pagar su café. Y pensar que dijo que no iba a pedirme nada.
    Me llevo la caja.
    En el fondo del patio de la casa está la lata en la que quemo la basura, tiznada por años de fuegos, carcomida ahí abajo, donde las cenizas se acumulan. Tendría que cambiarla, pero todavía sirve.
    Inicio el fuego con unos papeles viejos y la tapa de cartón de la caja. Le tiro también algunas astillas de maderas viejas que siempre aparecen en el fondo y nunca supe de dónde salían.
    Lo primero que saco de la caja es un cepillo de dientes, viejo y usado, en una bolsa de nailon, junto con una máquina de afeitar eléctrica que parece sacada de la década de 1980, y probablemente lo sea. Al fuego ambas. No me importa si la máquina tiene componentes contaminantes. Hay adornos, recuerdos de viajes que nunca hice ni fui invitado a participar, de plástico, de madera, de hierro, de caracoles pegados entre sí; al fuego uno por uno. Le siguen papeles que no quiero leer, si alguno era importante me enteraré cuando me haga falta y ya no lo tenga. Un cuaderno escolar verde, de tapas duras, en la primera hoja dice “Mi historia, para mi hijo”, ni siquiera pudo escribir mi nombre una sola vez; las últimas hojas están en blanco. Está escrito con varias lapiceras tan diferentes como luce la letra, como si le hubiera tomado años escribir lo que no voy a leer porque el fuego ya empieza a tomarlo.
    Saco lo último que veo en la caja y ésta también, al fuego.
    Es una foto, vieja, de papel fotográfico. Los colores están granulados, como en las primeras fotos a color, cuando tener una cámara de esas era todo un símbolo de status social, de riqueza, de ser alguien conocido en el barrio. Estoy en la foto, solo yo, sentado en el arenero de alguna plaza, jugando con esa arena sin dudas sucia, abrigado porque debe ser invierno, con un camión de juguete en una mano y algo que no identifico en la otra. Miro hacia un costado, hacia algo que no forma parte de la imagen.
    La foto está tomada de lejos, diez, doce metros, apenas se me distingue, pero sé que soy yo, me reconozco en esa foto, me reconozco en ese niño jugando solo en la plaza, en medio de la arena, mientras otros niños, que solo son partes de cuerpos que aparecen en el fondo, corren y se divierten entre ellos.
    No estoy para esto, no hoy, no ahora, ni nunca. Lo pienso, lo digo, o me convenzo antes de que también la foto acabe en el fuego.

sábado, 15 de agosto de 2026

La vasija

Una única advertencia fue más que suficiente.
    —No abras la vasija.
    Se la colocaron en las manos y señalaron la dirección que debía seguir.
    Y lo hizo. Caminó atravesando el monte y los cultivos cercanos, el pequeño bosquecillo que los separaba del pueblo siguiente, ese pueblo también, sin desviarse de la dirección señalada. Salvó cada obstáculo sin soltar nunca la vasija ni abrirla, sin cruzarse con nadie más, pues todos sabían la importancia de su misión, lo que le había sido impuesto. Los dioses lo habían señalado, el dibujo que formaban los lunares de su espalda así lo decía; cualquiera sabe que la voluntad divina no puede cuestionarse, se acepta y se cumple sin más.
    —No abras la vasija.
    Cuatro palabras, más que suficientes, demasiadas tal vez, que imponen una tarea tan infinita como la curiosidad que despierta lo que pueda encontrarse en su interior.
    Camina atendiendo al camino solo lo necesario para no tropezar, para que sus pies no se enreden las raíces ni ramas caídas del tan extraño otoño que cubre la región, para no pisar donde no debe ser pisado y continuar, sin desviarse, en la misma dirección.
    Sabiendo que ya estaba lo bastante lejos del pueblo, sacudió, apenas, la vasija, como si tantos movimientos fueran parte de su esfuerzo; lo que hubiera en el interior, si es que algo había, porque lo dudaba, no hizo ningún sonido. Temía hacer movimientos más bruscos porque existía la posibilidad de que el tapón de la vasija se desprendiera y su esfuerzo se perdiera en la nada.
    —No abras la vasija.
    Volvió a sentir la mano de su padre apretándole el hombro como toda despedida, vio la cabeza gacha de su madre que ocultaba las lágrimas con las que despedía a su único hijo varón. Recordó los ojos cargados de odio, de desprecio y angustia de quien prometiera ser su futura esposa de no haber mediado la encomienda de los dioses; entendía su sentir, pero nadie puede negarse a los dioses, y él no debía abrir la vasija, ni dejar de caminar, hasta que algo, alguien, así se lo indicara. Pero nadie en el pueblo sabía lo que sería ese algo ni quién sería ese alguien, porque ninguno de los que partieran antes que él regresó.
    —¿Qué llevas en la vasija?
    La voz surgió por entre los árboles, las rocas de la montaña que se interponía en su camino, de la tierra, del cielo mismo.
    —No lo sé.
    —¿Y por qué la llevas?
    —Me lo ordenaron.
    —¿No has mirado dentro? Tal vez tenga comida, ¿no tienen hambre? Tal vez sea agua fresca, ¿no sientes sed?
    —No debo abrirla.
    —¿Por qué?
    —Así me lo ordenaron.
    —Debes estar cansado de tanto caminar. Puede haber algo valioso, algo que puedas cambiar por un sitio en donde dormir.
    —No debo abrirla.
    —Ah, claro. Pero no deber no es lo mismo que no poder. Si no quieres abrirla, puedo hacerlo yo.
    No supo qué responder. La curiosidad se volvía más fuerte que su determinación.
    —Dudas —dijo la voz—, porque deber no es poder, y lo sabes.
    —Pero poder tampoco es deber.
    Una risa, una única risa repercutió en ecos infinitos en las alturas de la montaña.
    —Descansa, muchacho —dijo la voz luego de que el silencio recuperara su lugar—, ya has llegado.
    —¿Adónde?
    —A donde abres la vasija.
    Sintió la vasija arder, le quemaba las manos como si recién la hubieran sacado del fuego, y no se detenía allí, sus brazos, su cuerpo entero ardía.
    Sí, pensó, abriré la vasija.