domingo, 11 de octubre de 2026

La noche de la luna negra

El filo de la daga ritual debe recorrer el brazo de los guerreros desde la muñeca hasta el codo, abriendo la piel lo suficiente para que la sangre mane y cada uno de ellos pueda entregar su propia sangre para la ofrenda ritual. Uno a uno hacen demostración de valor dejándose cortar por las sacerdotisas, vierten su sangre y luego salen del templo donde, entre tambores, los gritos de las mujeres los reciben como renacidos.
    El sol corre a ocultarse antes de la noche más larga y oscura del año, la noche de la luna negra, la noche en la que el mundo puede ser destruido por completo si ellos no hacen nada para evitarlo, si no vierten su sangre a voluntad para dársela, con orgullo, con honor, con placer, con satisfacción, a los dioses lunares que pusieron orden al caos original del mundo para que los hombres pudieran vivir en él.
    El cuenco está casi lleno, cada guerrero ya ha dado su sangre. El sacerdote principal, tras purificarse durante tres días de ayuno y abluciones, se desnuda frente al altar mayor del templo. Otros dos sacerdotes levantan por sobre su cabeza el cuenco y lo vierten en parte sobre el sacerdote principal bañándolo con la sangre hasta que el último rincón de su cuerpo se tiñe de rojo ocultando su pálida piel. Una vez cubierto por la sangre, bebe cuanta le es posible de la que aún queda en el cuenco y, cubierto por la sangre de los guerreros por dentro y por fuera, atraviesa la puerta del templo.
    De pie, bajo el portal del templo, es adorado en silencio por cada hombre, por cada mujer del pueblo. Incluso el soberano, quien gobierna por sí solo los cuatro rincones del mundo y sostiene con su presencia el cielo por sobre las tierras de cultivo, se postra ante el sacerdote en sangre.
    Solo una persona no se postrará ante él, solo un hombre, un guerrero. Uno que fue elegido para una tarea diferente a la de los demás. Escondido entre los árboles que rodean al pueblo, debía tensar su arco en cuanto el sacerdote en sangre saliera del templo y lanzar su flecha antes de que este llegara al último escalón de madera y no antes de que el soberano se inclinara ante él. Cuatro peldaños separaban el templo de la tierra, si el sacerdote en sangre llegaba a tocar la tierra, las tragedias se ensañarían con el pueblo y la peste, el hambre, las malas cosechas, las inundaciones, no tendrían fin. Por eso su pulso debía ser firme, su puntería certera, su corazón calmo y su visión sin igual. No debía pensar en lo que hacía, solo hacerlo, no debía ver en el sacerdote en sangre a quien hasta el día de ayer fuera su hermano. Solo debía lanzar su flecha.
    Y luego otra.
    Y otra.
    Y tal vez una más.

domingo, 4 de octubre de 2026

Anotaciones

Entré al bar y lo vi, sentado en la misma mesa, casi al fondo del estrecho pasillo que se formaba entre las mesas, la pared y la larga barra en cuyos taburetes no recuerdo haber visto nunca a nadie sentarse. El mobiliario completo era un recuerdo de otra época, de un momento en el que bares como este proliferaban en cada rincón de la ciudad. En medio de los restos de ese pasado que ya poco importaba, él escribía; con movimientos rápidos, en una letra que no tenía forma de tal, cargaba con ellas las hojas de un cuaderno escolar de tapas blandas, junto con una agenda de bolsillo, papeles sueltos y un taco para notas de colores autoadhesivas. El despliegue completo ocupaba la mayor parte de la mesa, dejando el espacio suficiente para una taza vacía y un plato en el que se adivinaban algunas pocas migas.
    Estaba solo; siempre estaba solo. Creo que él también me vio a mí, cuando entré. Uno de los mozos limpiaba con fruición unas copas que ya estaban por demás limpias y que de seguro tenían años sin ser usadas; apenas me miró cuando me senté, no hacía falta más para saber lo que pediría. La música, algo que podía ser jazz, sonaba tan baja que se confundía fácilmente con el resto de los sonidos interiores y exteriores. El olor a fritanga, por otro lado, resultaba indisimulable, llegando a lastimar el olfato.
    Estratégicamente me senté en la mesa detrás de la suya, con la expectativa de llegar a leer algo de lo que escribía. La curiosidad llevaba meses carcomiéndome, desde el día en que él apareció en el bar, o el día en que yo me di cuenta que él estaba allí, no lo recuerdo y, para el caso, da lo mismo.
    Estiré el cuello, me incliné un poco hacia adelante, buscando llegar a ver alguno de sus papeles que su espalda ancha como una loza de concreto, ocultaba. De lo que llegaba a ver, lograba descifrar la nada misma, su caligrafía era inentendible para mí; salvo alguna que otra letra suelta, en medio de una palabra más larga y sin forma, o una serie de números, nada tenía sentido.
    —Sabe, amigo, es más fácil si me lo pregunta.
    Como un ciervo enceguecido por la luz que lo ilumina al cruzar por el centro de la ruta en la oscuridad de la noche, me quedé estático en mi incómoda postura.
    —Disculpe —balbuceé—. No pretendía molestarlo.
    Me acomodé en mi silla, alejándome de su espalda.
    —Tampoco es la primera vez.
    —Es cierto —murmuré reconociendo que no había sido tan cuidadoso como me hubiera gustado, pero él seguía dándome la espalda, por lo que tampoco importaba mi gesto.
    —¿Y bien? ¿Qué quiere saber?
    Miré su nuca, el pelo de su nuca, entrecano, con rastros de caspa en el cuello de la camisa y el pulóver un tanto raído; el pelo crecido por partes, viejo, fino, sin fuerza; las orejas sobresaliendo como antenas de su cabeza; la espalda un tanto encorvada hacia adelante y abajo. Tantos detalles que nada me decían, que no me interesaban.
    —Me gustaría… digo… quiero saber, no sé. Hay tantas cosas —dije sin decidirme a completar una sola frase—. ¿Qué escribe? Eso, sí —ahora sonaba un poco más firme—. Lo he visto, siempre escribe, y no es que me sorprenda el que sepa escribir, sino, tal vez, que lo haga en papel. Ya casi nadie lo hace así.
    —Ah, usted es uno de esos —Arrancó una hoja del taco para notas de colores y escribió algo en él. Vi sus movimientos, no las palabras que, en todo caso, no entendería—. Verá, son anotaciones. Anoto muchas cosas, en papeles de todo tipo, color y tamaño, con tintas diferentes también. Luego dejo que se pierdan, los papeles, se entiende. De esta manera nunca le dedico tiempo a olvidar lo que escribí en ellos.
    Guardó el cuaderno, la agenda y el taco para notas de colores en un morral viejo, llamó al mozo con una seña y, antes de irse, se volvió hacia mí. Me miró a los ojos con tal intensidad que me obligó a desviar la mirada para evitarme tanto dolor.
    Escuché cómo se levantaba y se alejaba.
    Miré mi mesa, miré el papel de color que dejara en ella, tenía una sola palabra escrita en él, con letras grandes y claras. Una única palabra, ¿entienden? Una única palabra que fue más que suficiente, que fue todo lo que necesité. Que fue. Y también yo, me fui.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Pensaste en mí

Pasaron varios años desde que lo dijiste, pero los dos sabemos que no me caracterizo como alguien que hace muchas cosas, hacerlas rápido, hacerlas cuando vale la pena que sean hechas o…. Bueno, eso. Como sea. Pasaron varios años y mi memoria no es algo de lo que pueda quejarme, por eso sé que lo dijiste. Recuerdo tal y cómo fue, la situación en la que estábamos, el momento exacto, lo recuerdo todo —iba a interponer un “casi” antes de ese todo, pero sería falso—, porque, en cierta forma, ese es mi castigo. Tengo una memoria tan buena que es imposible de engañar.
    Recién regresabas de uno de tus viajes, siempre estabas yéndote o volviendo de viaje en esa época, y el grupo de amigos se reunió en la casa de alguien más para que contaras tus experiencias. Hablaste de los lugares que visitaste, lo que viste, lo que conociste, y compartiste esas fotografías en papel tan a la moda que mostraban detalles de un mundo que posiblemente ninguno de nosotros llegaría a conocer nunca —y así fue, porque después vino “el colapso” y poco quedó en pie—, pero vos sí, fuiste, viste y volviste. En una de esas reuniones hablaste de un museo, de la cantidad sin igual de obras que allí se guardaban, y de las que más llamaron tu atención. Tenías más de cien fotografías solamente de ese museo, algo que nos sorprendió y resultó, también, un poco demasiado. Fue en esa misma reunión, en un momento de la noche en la que nos cruzamos estando un tanto alejados de los demás, cuando yo no deseaba otra cosa que tu boca, tu abrazo, tu calor, el aroma de tu cabello, que lo mencionaste.
    Dijiste que en ese kilométrico museo una pintura, una única pintura de las miles que allí se guardaban, te había recordado a mí. Sonreí con mi mejor cara de tonto, mi única cara, y te di las gracias antes de que alguien más te reclamara en la otra habitación y volvieras a alejarte.
    Y pasaron todos esos años desde que lo dijiste, la vida, esa maldita traicionera se encargó de separarnos cada vez más, con nuevas amistades, nuevos amores, nuevos viajes, hasta llegar a esa frontera que solo se cruza una única vez, en una única dirección posible, y nunca cuando así se lo quiere, sino cuando menos se lo espera. Pasaron años, es cierto, nunca te olvidé, ni nunca olvidé tu comentario.
    Junté el dinero necesario para el viaje más de una vez, porque siempre aparecía algo más urgente en lo que gastarlo y, siendo que no era una verdadera prioridad, el viaje se posponía. Hasta hoy, este año, este momento, luego de que recibiera el diagnóstico y saber que ya nada queda por lo que valga la pena esperar. Viajé, por fin, a ver la obra, la pintura, en ese museo; claro que antes de venir me aseguré de que fuera una de las sobrevivientes del bombardeo. Y aquí estoy, hace varios minutos, demasiados, de seguro estará pensando el guardia de seguridad que no deja de mirarme con lo que debe ser suspicacia. Miro el cuadro y te recuerdo, me recuerdo, cómo era, cómo éramos entonces, hace tantos años, sin poder evitar preguntarme qué habrá sido, qué habré dicho o hecho alguna vez para que vos, al ver este… esta… cosa, pensaras en mí.

Esta imagen es meramente ilustrativa

domingo, 13 de septiembre de 2026

Sensei

Se sentía como si escupiera las palabras luego de haberlas masticado un tiempo casi infinito; palabras cargadas de odio, desprecio, bronca, resentimiento y, por sobre todo lo demás, dolor. Su cuerpo era una masa de dolor que se expresaba a través de sentencias que a cualquier persona le tomaría la vida entera llegar a una posible interpretación. Por eso lograba que sus palabras nunca cayeran en el olvido.
    Cualquier otra persona, con una habilidad semejante, hubiera logrado ocupar lugares de importancia en la sociedad, sería un líder, un mesías, un tirano, un influencer, un filósofo, un poeta, un político, alguien que señalara el rumbo, que nos dijera qué hacer, qué pensar, cómo pensarlo; alguien que nos sacara del charco de la existencia. Él había elegido no ser ninguna de esas cosas, nada en esos roles lo satisfacía ni le interesaba. Cierto que nunca se lo pregunté, era suficiente con verlo, con escucharlo la primera vez, para entender que lo suyo no era solo una postura cómoda, un personaje, una construcción. Él era eso que decía, era cada palabra formada a los golpes, con la violencia de la vida y la experiencia.
    —Hay que ser rápido para perdonar, veloz para olvidar, pero lento y constante para odiar —me miró a los ojos cuando lo dijo, como si supiera que era mi primera vez allí y pretendiera convertirme en uno más de sus múltiples acólitos. Cosa que, por supuesto, logró.
    Demoré meses en volver, interponiendo ocupaciones y prioridades que no eran tales, por temor a lo próximo que le escucharía decir. Pero regresé, a lo largo de los años, a buscar esas palabras de saber que destilaba sin preocuparse por si daban frutos, sin importarle lo que sucediera luego, casi como si no pudiera o no quisiera evitarlo.
    —Solo dos tipos de errores puede cometer el hombre —mostró una mano que tenía el dedo índice y el medio levantados—. El primero de ellos es enamorarse —bajó el dedo del medio—. El segundo es creer haberse enamorado —y formó un puño cerrado, apretado con la mano completa.
    Un hierro candente cargado de sal atravesando mis entrañas hubiera sido menos efectivo. Sabiéndolo o no, eran esas las palabras que necesitaba escuchar.
    Fueron, también, las últimas que recibí, de él o de cualquiera.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Su risa

Se rio cuando se lo dije. Una risa que dolió más que una cachetada. Y ya tenía yo experiencias, con las risas y las cachetadas, en la casa, en la escuela, incluso en la calle. Diría que hubiera esperado la cachetada antes que a la risa, porque el impacto de la primera se olvida más rápido, no repercute como ese eco eterno en el que se transforma la segunda para acompañarnos a cada paso, en cada situación. La cachetada genera indignación a quien llegue a verla, porque siempre habrá testigos; la risa solo despierta más risas, de más personas, de gente que no sabe lo que significaba para mí ese acto, ese llegar a hablar, esa suerte de confesión. Está por demás claro entonces que, la risa, como respuesta, es el peor de los castigos.
    Y lo fue.
    Y lo es.
    Y lo sigue siendo.
    Esa risa, su risa, me acompaña desde ese mismo día, es parte de mí, de mi experiencia, resonando constantemente, en cada situación, ante cada dificultad, ante cada decisión, ante cada cuestión que tenga que resolver. Una risa semejante no debería existir en el mundo, un castigo tal por el simple hecho de hacer una pregunta debería estar prohibido por la moral, la naturaleza, por alguna de esas leyes inviolables como la que dice que a la vida le sigue la muerte, al día la noche, a la tormenta la calma, al alcohol la resaca, al amor el odio y al aprecio el desprecio. Por todo esto, por mucho más, por cosas que siquiera puedo imaginar, estoy roto de formas que nadie podría ni sabría sanar; y todo por una risa, fría, calculada, pensada para hacer el máximo daño posible. Una risa con la fuerza de destruirlo todo.
    Sí, así fue.
    Así se rio.
    Así sigue riéndose en el recuerdo.
    Claro que la había escuchado antes, que la había visto reír y sonreír porque era una de sus cualidades, de sus atractivos, es solo que no esperaba recibirla como respuesta al presentarle la esencia de mi ser y pretender que reconociera la valentía que se escondía detrás de mis palabras, porque sí, porque si bien es fácil pensarlo, decir:
    —¿Querés ser mi novia?
    Y que la chica más hermosa del grado, de la escuela, la amiga de todos, la que siempre sonríe y nunca rechaza nada de nadie, se te ría en la cara. Eso sí que no es nada fácil.