Se sentía como si escupiera las palabras luego de haberlas masticado un tiempo casi infinito; palabras cargadas de odio, desprecio, bronca, resentimiento y, por sobre todo lo demás, dolor. Su cuerpo era una masa de dolor que se expresaba a través de sentencias que a cualquier persona le tomaría la vida entera llegar a una posible interpretación. Por eso lograba que sus palabras nunca cayeran en el olvido.
Cualquier otra persona, con una habilidad semejante, hubiera logrado ocupar lugares de importancia en la sociedad, sería un líder, un mesías, un tirano, un influencer, un filósofo, un poeta, un político, alguien que señalara el rumbo, que nos dijera qué hacer, qué pensar, cómo pensarlo; alguien que nos sacara del charco de la existencia. Él había elegido no ser ninguna de esas cosas, nada en esos roles lo satisfacía ni le interesaba. Cierto que nunca se lo pregunté, era suficiente con verlo, con escucharlo la primera vez, para entender que lo suyo no era solo una postura cómoda, un personaje, una construcción. Él era eso que decía, era cada palabra formada a los golpes, con la violencia de la vida y la experiencia.
—Hay que ser rápido para perdonar, veloz para olvidar, pero lento y constante para odiar —me miró a los ojos cuando lo dijo, como si supiera que era mi primera vez allí y pretendiera convertirme en uno más de sus múltiples acólitos. Cosa que, por supuesto, logró.
Demoré meses en volver, interponiendo ocupaciones y prioridades que no eran tales, por temor a lo próximo que le escucharía decir. Pero regresé, a lo largo de los años, a buscar esas palabras de saber que destilaba sin preocuparse por si daban frutos, sin importarle lo que sucediera luego, casi como si no pudiera o no quisiera evitarlo.
—Solo dos tipos de errores puede cometer el hombre —mostró una mano que tenía el dedo índice y el medio levantados—. El primero de ellos es enamorarse —bajó el dedo del medio—. El segundo es creer haberse enamorado —y formó un puño cerrado, apretado con la mano completa.
Un hierro candente cargado de sal atravesando mis entrañas hubiera sido menos efectivo. Sabiéndolo o no, eran esas las palabras que necesitaba escuchar.
Fueron, también, las últimas que recibí, de él o de cualquiera.


